Al pueblo viejo de Belchite se entraba por el Arco de la Villa, una hermosa puerta barroca-mudéjar de hace tres siglos. Era un portal defensivo, con hechuras de torre, y a la vez una capilla, mezcla común en muchos pueblos aragoneses. Ahora, para evitar accidentes por desprendimientos, este paso está tapiado con un muro de bloques de hormigón de metro y medio de alto. En el muro alguien escribió con tiza esta queja: “Con los bloques se construyen granjas, no se tapian monumentos. Un respeto al arte y a nuestro patrimonio”. En el interior del arco se levantan unos andamios. En el viejo Belchite hay unos cuantos apuntalamientos para que no se derrumben los edificios más valiosos -las casas siguen cayendo poco a poco- pero no existe ningún plan de conservación de las ruinas. Cualquier obra resulta carísima. Y da la impresión de que nadie sabe muy bien qué hacer con los restos de Belchite.
Un detalle muy llamativo: en ningún sitio -ni en el Belchite viejo ni en el nuevo- encontramos información sobre la batalla que arrasó el pueblo y costó la vida a seis mil personas. El folleto institucional que describe el pueblo viejo (17 párrafos) sólo hace esta mención: “Las guerras han mutilado formas y han creado un paisaje expresionista”. En un panel colocado en el pueblo nuevo, con abundante texto sobre Belchite, su historia y su entorno, sólo se encuentran estas dos frases: “La Batalla de Belchite durante la Guerra Civil, que hizo desaparecer el poblado viejo, marcó un antes y un después en el municipio”. “Una visita a Belchite no sería completa sin un paseo por el pueblo viejo, que rezuma aires de pasado por cualquiera de sus calles y por los restos de sus edificios”. El desastre se describe como un fenómeno atmosférico: llegó la guerra y el pueblo desapareció.
Preguntamos en una librería del pueblo si tenían algún libro que hablara de Belchite, alguna guía, algo que explicara la batalla. Nada. También preguntamos en el ayuntamiento: sólo los folletos que ya teníamos, en los que apenas se dice nada sobre la cuestión. Según nos contó un funcionario, alguna vez se publicó un libro pero se agotó y no se reeditó.
Parece, pues, que en Belchite la herida no ha cicatrizado. No se puede tocar porque aún duele. Quizá porque este pueblo dejó de ser sólo un escenario de la tragedia, como tantos otros en España, y tuvo que cargar con el peso asfixiante de ser un símbolo. Franco decidió preservar las ruinas para mostrar que, junto al pueblo arrasado por la barbarie roja, su régimen levantaba un pueblo nuevo. Lo construyeron mil presos políticos, que vivían recluidos en un campo de concentración, hambrientos, enfermos, helados en invierno y abrasados en verano. Muchas familias de aquellos esclavos llegaron a Belchite y se instalaron durante años en unos pabellones insalubres que los vecinos bautizaron como “Rusia”. A los presos también les hicieron levantar una cruz laureada de hierro, de cinco o seis metros de alto, en memoria de los caídos, que aún se alza entre los escombros del pueblo viejo. La cruz está formada por remaches, y dicen que cada uno de los presos tuvo que colocar uno.

Al pie de esta cruz se organizan en fechas señaladas reuniones de ultraderechistas, de franquistas nostálgicos. En los muros de los alrededores hay pintadas de anarquistas. Incluso de independentistas aragoneses. Se cruzan insultos y amenazas. Todos quieren apropiarse de Belchite, todos quieren imponer su versión de estos escombros. Gritan proclamas en un lugar en el que todos deberíamos guardar silencio: bajo estos cascotes hay decenas de miles de huesos humanos. Los vecinos excavaron refugios en el subsuelo de estas calles, conectaron las bodegas de unas casas con las de otras, para poder escapar de los derrumbes. Durante los bombardeos, se metían en los refugios. Cientos de ellos quedaron sepultados para siempre. Y en el trujal, muy cercano a la cruz laureada, enterraron a 700 muertos.
Los paneles y los folletos no explican lo que pasó. Los vecinos, al menos algunos, sí tienen ganas de hablar. Casi siempre hay alguien paseando entre las ruinas. Cuando los viejos de Belchite pasean entre los escombros, los muertos se les pasean por la memoria. Y hablan de esos muertos. Y de los bombazos. Y de los fusilamientos. Pero no quieren decir nada “de política”, no quieren ni oír hablar de bandos.
Son estos viejos quienes mejor comprenden la lección de los escombros. Llevan casi setenta años viéndolos. Setenta años reviviendo la batalla de los seis mil muertos -seis mil muertos- cada vez que miran hacia el este.
(Un apunte: en los escenarios de las masacres más recientes, como las Torres Gemelas o la estación de Atocha, se borraron todas las huellas del horror, se retiraron los carteles, las flores y las velas porque el recuerdo constante de la tragedia resultaba insoportable. En Australia demolieron un bar en el que un asesino en serie había matado a tiros a un montón de gente. Levantamos monumentos abstractos o parques para no olvidar a los muertos, pero no aguantamos los detalles demasiado concretos y evocadores. De ninguna manera aceptaríamos vivir toda la vida junto a las ruinas de un pueblo machacado. Supongo que ya no tenemos esa capacidad de nuestros abuelos de convivir con la tragedia, de asimilarla. Quizá es que a ellos no les quedaba otro remedio. Tampoco será malo no padecer tragedias a las que tener que acostumbrarse).
Esos viejos saben cuál es la lección más importante de estas ruinas.
-Cómo nos matábamos los españoles, Dios mío, con qué saña nos matábamos. Nunca hemos aprendido. Que si las guerras carlistas, que si las sublevaciones del 32, del 34, del 36. Ayer el Parlamento Europeo condenó a Franco, qué tontería. Qué cojones condenar a Franco, si se murió hace treinta años. Que era un canalla, pues claro, a ver si Julio César era un santo, o Napoleón un sabio de Grecia. Ya no es eso. Eso de los rojos y los nacionales ya se tenía que haber acabado. No hay que seguir con eso. Hay que enseñar la historia, por supuesto, y decir todo lo que pasó, bien claro: éstos fusilaron aquí a mil, y éstos aquí a mil doscientos. Que se sepa, que se cuente todo. Pero eso se tiene que decir para que vosotros los jóvenes sepáis qué tragedia fue aquello, no para decir que unos estaban bien fusilados y los otros no. La guerra es el mayor desastre, es que no os lo podéis imaginar: mirad, el general Villalba estaba en el ejército republicano y sus dos hijos en el bando nacional. Eso es la guerra: dos hijos luchando contra su padre. Eso es lo que no puede ser. A mí me tocó pegar tiros con 16 años. Eso no puede ser. No empecéis de nuevo con los rojos y los nacionales. S tenía que haber acabado hace mucho. Lo que tenéis que hacer es saber lo que pasó pero construir algo nuevo, acabar con todo eso de los rojos y los nacionales.
Esto nos contó Pepe, un abulense de 86 años, que fue a Belchite con su mujer y su hijo para visitar las ruinas de la iglesia de San Martín (las fotos de ayer). Allí murió su amigo íntimo Cayetano, portero del Deportivo Abulense y alférez de los nacionales durante el sitio de Belchite. Acompañamos a Pepe en su paseo lento y repleto de silencios. Cuando hablaba de los meses que pasó en la batalla del Ebro la mirada se le quedaba perdida y acuosa, y en el rostro le asomaba aquel chaval de 16 o 17 años atrapado en una guerra.
(Chubí continued)